La Moqueta Verde


El futuro del PSOE

Artículo preparado para Politikon

La severa derrota cosechada por el PSOE en las elecciones del pasado domingo ha sembrado el alarmismo entre muchos analistas políticos de nuestro país, quienes han creído ver en estos resultados un desmoronamiento del actual sistema de partidos. Mostrando mapas de una España teñida de azul, los analistas más osados han considerado incluso que el PSOE debe someterse a cambios de gran calado (refundaciones incluidas) para evitar un destino similar al del desaparecido PSI italiano.

A mi entender, un análisis sosegado no puede sostener estas tesis apocalípticas dignas de los noticiarios de Pedro Piqueras. A pesar de tratarse de unos resultados desastrosos para el PSOE, estos no sólo no suponen un cambio esencial de la estructura de competición partidista de nuestro país sino que probablemente representan el inicio de un ascenso progresivo del Partido Socialista.

Para entender qué futuro le depara al PSOE debemos primero analizar cuáles son los orígenes de su actual situación. En mi opinión, la crisis del PSOE proviene esencialmente de la confluencia de dos factores: (i) el perfil marcadamente ideológico que el Presidente Rodríguez Zapatero adoptó en la primera legislatura y (ii) el paquete de recortes sociales aprobado hace apenas un año.

En primer lugar, parte de la explicación de la situación precaria en la que se encuentra el PSOE se gestó durante la primera legislatura. Entonces, el gobierno socialista consideró oportuno llevar a cabo una agenda de marcado perfil ideológico. Probablemente, Rodríguez Zapatero fue, como dijo hace unas semanas Juan José Millás en El País, el primer presidente de izquierdas que ha tenido nuestro país. Quizás, se trate incluso del único presidente del Gobierno con un claro perfil ideológico, pues todos sus predecesores (José María Aznar incluido) se esforzaron en crearse una imagen moderada y de gestión.

Esta agenda marcadamente ideológica del Gobierno reportó al PSOE notables réditos electorales entre el electorado de izquierdas: consiguió eclipsar a IU y polarizar el hemiciclo en dos bandos (el PP contra todos). No obstante, la contrapartida que tuvo que pagar fue la pérdida de votantes moderados (de centro y sin ideología). Ante un gobierno con un claro perfil ideológico, muchos ciudadanos moderados consideraron pertinente pasarse a las filas del PP. En suma, mientras el PSOE ganaba terreno por la izquierda, el PP lo hacía por el centro y entre los votantes sin ideología.

Durante los primeros años de crisis económica, el PSOE pudo contener la pérdida de votantes moderados gracias a las ganancias conseguidas entre el electorado de izquierda. Pero, este diseño de alianzas se resquebrajó el 12 de mayo del 2010 cuando el Presidente anunció en el Congreso un duro paquete de recortes sociales. Desde entonces, los apoyos del PSOE entre la izquierda no han cesado de caer. En efecto, los recortes sociales han roto la vieja estrategia socialista de compensar los costes de la crisis económica con políticas sociales.

Ante este diagnóstico de la crisis socialista, ¿qué futuro le depara al PSOE en los próximos meses? A mi entender, ambos procesos pueden ser poco a poco corregidos sin excesivos sobresaltos y, por supuesto, sin tener que recurrir a refundaciones u otras ocurrencias desesperadas. Por un lado, el control del PP de la práctica totalidad de los gobiernos regionales puede, de hecho, representar una ventaja para el Gobierno. En los próximos meses el PP deberá empezar a gobernar en un contexto de dificultades económicas. La temporada de recortes (que estratégicamente se pospusieron hasta después de las elecciones) empieza en pocas semanas y, en esta ocasión, será el PP el responsable de llevar a cabo estas medidas tan impopulares. La imagen de unos gobiernos del PP recortando servicios como sanidad o educación puede representar un alivio para el PSOE. Sin duda, el Gobierno socialista agradecerá que de “Sólo ante el peligro” se pase a westerns más amables como “Dos cabalgan juntos”.

Por otro lado, el relevo de Rodríguez Zapatero también puede ser el inicio de la reconciliación con los votantes más moderados. Esto no dependerá tanto del candidato ganador como del proceso que se siga para su elección. Los candidatos mejor posicionados, Carme Chacón y Alfredo Pérez Rubalcaba, gozan de una valoración similar entre los votantes de centro y su popularidad entre los moderados es mayor que la de Rajoy i la Rodríguez Zapatero. Si bien ambos pueden representar alternativas atractivas para los votantes moderados, es importante que el PSOE evite a toda costa que la crispación y la confrontación marquen el proceso de primarias. Es bien sabido que los moderados no son nada partidarios de las discrepancias y las peleas internas, pues son percibidas como un síntoma de un partido divido y poco preparado para gobernar.

En definitiva, es probable que durante los próximos meses veamos como la coyuntura política deja de cebarse con el PSOE. Entre otras cuestiones, los próximos meses estarán marcados tanto por los previsibles recortes sociales a manos de los gobiernos regionales del PP como por la renovada imagen generada por un nuevo líder socialista más amable a ojos de los votantes moderados. Y no hay duda de que ambas cuestiones pueden ser de gran ayuda para suavizar la inevitable derrota electoral del PSOE en próximas elecciones generales.

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¿Por qué el PSC es "catalanista"?

La histórica derrota del PSC en las elecciones del pasado 28-N obliga a los socialistas catalanes a abrir un debate interno para trazar un nuevo rumbo político. Y muy probablemente, en ese debate, las cuestiones identitarias cobrarán un especial protagonismo. El PSC deberá decidir si reforzar o no su perfil "catalanista", lo que es sin duda un verdadero hándicap para el partido. En efecto, se trata de un tema especialmente complicado para el PSC, pues en él conviven dos electorados claramente diferenciados en su nivel de nacionalismo. Por un lado, el sector "españolista" (mayoritariamente castellanohablante y de origen no catalán) se caracteriza por unas actitudes hostiles hacia las políticas nacionalistas y, en especial, hacia algunos elementos de la política lingüística catalana. Por otro lado, los "catalanistas" (catalanohablantes y de origen catalán) se definen en su mayoría como nacionalistas moderados.


Así, el PSC se enfrenta siempre al inevitable dilema de tener que satisfacer las demandas de un colectivo a costa de defraudar las del otro. Ante este panorama, ¿a qué colectivo ha decidido tradicionalmente contentar el PSC? La lógica numérica nos haría pensar que este partido optaría por atender las demandas de los españolistas, pues dos de cada tres votos que recibe este partido suelen provenir de este colectivo. No obstante, hasta hoy el PSC ha preferido presentarse con un perfil más cercano a la minoría catalanista y, en consecuencia, desatender las preferencias de la gran mayoría de su electorado.

Esta tradicional falta de representatividad del PSC no es un tópico alimentado por las trincheras mediáticas conservadoras de Madrid. Los escépticos solo tienen que recurrir a las encuestas demoscópicas para comprobarlo. Por ejemplo, según datos del CIS de las anteriores elecciones catalanas, el PSC se alejaba apenas 0,4 puntos del electorado de origen catalán en la tradicional escala nacionalista (0 -mínimo nacionalismo- al 10 -máximo nacionalismo-), pero la distancia era tres veces mayor (de 1,5 puntos) con respecto a su electorado castellanohablante de origen no catalán. Este fenómeno no es nuevo, pero el alejamiento del PSC de sus bases españolistas parece haberse acentuado tras la experiencia de los Gobiernos del tripartito y el proceso de reforma del Estatut.

¿Por qué el PSC ha decidido tradicionalmente desatender las preferencias de la gran mayoría de su electorado? Los expertos generalmente nos ofrecen dos explicaciones. La primera, quizás la más periodística y anecdótica, es buscar sus causas en cómo se gestó este partido a finales de los años setenta. El PSC nació principalmente de la unión de tres partidos: el PSC-Congrés, el PSC-Reagrupament (ambos de tendencia catalanista) y la Federación Catalana del PSOE (de tendencia más españolista). Por distintos motivos, en el proceso de fusión de las tres formaciones políticas, el sector catalanista se impuso al sector proveniente de la antigua Federación Catalana del PSOE. Los ex miembros del PSC-Congrés ocuparon mayor presencia entre delegados y cuadros dirigentes y, con ello, se marcó el perfil catalanista del partido que conocemos hoy día.

Una segunda explicación es que el PSC se ha aprovechado de la existencia de un fallo en la oferta del mercado electoral catalán. Tradicionalmente no ha habido ningún partido de izquierda no nacionalista, lo que permitía al PSC acercarse a posiciones más catalanistas sin perder excesivos votantes españolistas. El resto de formaciones políticas del panorama político catalán (incluyendo a Iniciativa-Verds) resultaban poco atractivas para este electorado, pues se alejaban aún más de sus preferencias. A lo sumo, los votantes españolistas descontentos podían optar por quedarse en casa y no acudir a las urnas.

Estos dos argumentos no parecen ayudar del todo a explicar por qué el PSC es más "catalanista" de lo que la mayoría de su electorado quisiera.

En primer lugar, la explicación de que el catalanismo del PSC es fruto de un capricho histórico no parece pasar de la anécdota. Esta explicación no nos ayuda a entender por qué las élites socialistas del sector españolista -que gozan de la mayoría del apoyo electoral- no han batallado a lo largo de estos 30 años con mayor beligerancia para imponer sus tesis.

En segundo lugar, la explicación sobre la existencia de un fallo de mercado no parece ya sostenible en la coyuntura actual. El escenario político catalán de los últimos años ha cambiado sustancialmente con la aparición de nuevos partidos de izquierda no catalanista como Ciutadans o UPyD. Y, a pesar de ello, la gran mayoría de votantes socialistas españolistas descontentos no parecen haber encontrado refugio en estas nuevas formaciones políticas.

La explicación más convincente sobre el tradicional perfil catalanista del PSC es la existencia de diferentes "elasticidades" entre los votantes socialistas catalanistas y españolistas. Por elasticidad me refiero a la propensión de los ciudadanos a cambiar su voto en función de los planteamientos ideológicos que ofrecen los partidos políticos. Existen poderosos indicios de que los votantes socialistas españolistas presentan una menor elasticidad que los catalanistas. O dicho de otra forma, los españolistas seguirían votando al PSC al margen de si este partido se acerca o aleja de sus posiciones ideológicas. En cambio, los catalanistas son más sensibles a la ideología del PSC: estos fácilmente dejarían de votar a este partido si decidiera alejarse demasiado de su ideario.

Las diferentes elasticidades de estos dos colectivos quedan reflejadas en datos recientes del CIS. Por un lado, los socialistas españolistas declaraban justo antes de las elecciones del 28-N que estaban dispuestos a votar solo al PSC. A pesar de que se sentían más cercanos ideológicamente a Ciutadans o UPyD en la dimensión nacionalista, prácticamente todos ellos coincidían en considerar que nunca votarían a esos partidos. Además, casi la mitad de ellos afirmaban que, con toda seguridad, siempre votarían al PSC. Por otro lado, los socialistas catalanistas se mostraban menos leales a este partido, pues el porcentaje de los que siempre votarían al PSC se reducía a apenas un 20%. Como consecuencia, este colectivo era menos reacio a cambiar su voto a favor de otras formaciones políticas (sea ICV, CiU o ERC). Solo una minoría de los socialistas catalanistas (alrededor de un tercio) asegura que nunca votarían a estos tres partidos.

En definitiva, los datos sugieren que los catalanistas tienen una mayor predisposición a condicionar su voto en función de la oferta ideológica que el PSC ofrece. En cambio, los españolistas son votantes cautivos: haga lo que haga el PSC, muy probablemente le seguirían votando.

La baja elasticidad del electorado españolista es un producto del elevado grado de identificación partidista de este colectivo. En efecto, este colectivo tiene una mayor vinculación emocional con el PSOE (y por extensión con el PSC). Mientras que el sentimiento de pertenencia a este partido representa un valor arraigado a su identidad política, no ocurre lo mismo entre los catalanistas. Estos votarían al PSC por cuestiones más racionales o siguiendo criterios de coste-beneficio (según si el partido ofrece las políticas que desea) y no tanto por cuestiones emocionales o de identidad política.

Aún es pronto para valorar cómo se comportaron los votantes españolistas y catalanistas en las elecciones del 28-N. No obstante, un primer análisis de los resultados electorales parece indicar que en esta ocasión el PSC ha sufrido fugas de todas partes. Entre sus votantes españolistas, algunos decidieron no acudir a las urnas y algunos otros se dejaron seducir por el discurso anti-inmigración del PP (y del xenófobo PxC). Sin embargo, la mayor parte de las fugas probablemente provinieron del sector catalanista, que en esta ocasión habrían optado por votar a CiU. De hecho, una ojeada a los datos a nivel comarcal indica que las pérdidas del PSC están especialmente correlacionadas con las ganancias de CiU, lo que sugiere que la debacle socialista se debe en gran parte a la deslealtad del sector catalanista.

El PSC tiene ahora la difícil tarea de redefinir su perfil ideológico para recuperar parte del electorado perdido. Y los datos apuntan que esta tarea será más ardua en el caso del voto catalanista. Este es y seguirá siendo menos leal al PSC y condicionará más su voto a las propuestas que el partido ponga sobre la mesa.

Es previsible, pues, que los líderes socialistas acaben considerando como estrategia más racional reforzar el perfil catalanista del partido. Y, con ello, el PSC se verá obligado, una vez más, a desatender las preferencias de la mayoría de su electorado.

Lluís Orriols es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Girona.

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Las vidas lloradas

Os copio un artículo mío que ayer salió publicado en El Periódico de Catalunya:

La filósofa estadounidense Judith Butler lo dice de forma contundente en su último libro (Marcos de guerra. Las vidas lloradas, publicado por Paidós): todas las vidas son igualmente «dignas de ser lloradas». Esto es así en el terreno de lo normativo; en el terreno de lo positivo, sin embargo, no todas lo son por igual. La diferenciación entre lo que constituye una vida digna de ser llorada y lo que no lo es viene generada por marcos de interpretación de la realidad que derivan y son amparados por el poder político –y quienes lo ostentan–. Las injusticias asociadas a esta diferenciación se materializan de formas muy distintas y variadas. Veamos algunos ejemplos.

POR UN LADO, existen las injusticias en términos de política internacional. Los gobiernos de los estados democráticos favorecen más las alianzas políticas con algunos estados que con otros. Por ejemplo, hasta hoy, y desde su creación en 1948, Israel se ha visto ampliamente favorecido por Occidente. A pesar de lo que digan los que acusan a Obama de ser propalestino –y le achacan ser irresponsable por ello–, todavía hoy los principales mandatarios políticos e intelectuales anteponen las necesidades de defensa de este país al derecho de supervivencia (nótese que ni siquiera hablo de autodeterminación) del pueblo palestino. Existen resoluciones de las Naciones Unidas que Israel no acata –por considerarlas no vinculantes– y que, aun así, no conllevan —como potencialmente ocurriría si se tratara de otros estados— invasiones, boicots político-económicos o golpes de Estado. Ocurre que Israel puede decidir desmarcarse de una cumbre antinuclear para salvar el pellejo, en un momento en que la acción colectiva y coordinada de las principales potencias se presenta como crucial para romper con dinámicas de escalada armamentística, y que, prácticamente, no se le castigue por ello.
Por otro lado, existen injusticias en el ámbito de la política interior. El caso de Israel y Palestina nos aporta, en esto también, múltiples ejemplos. Es una injusticia que una familia sea desalojada de su casa en el barrio de Sheik Jarrah, en el este de Jerusalén, por parte de colonos, que se remontan a derechos de propiedad supuestamente otorgados durante el Imperio otomano (digo supuestamente porque recientemente abogados israelís han demostrado que algunos de estos derechos de propiedad son simples falsificaciones). Todo, con el amparo y la ayuda de la policía israelí, en el momento del desalojo y después. Esto es así, a pesar de que la policía está pagada con los impuestos de todos: árabes y judíos de Israel. También podemos hablar de injusticia cuando el Ejército israelí decide no dejar transitar por una calle de la ciudad cisjordana de Hebrón a un chico palestino que, vestido con pantalones, camiseta y chanclas, aseguran que «puede matar». De este modo, mantienen desierto –a base de rejas, metralletas y checkpoints– un barrio de colones israelís, que en su posición de superioridad no dejan, sin embargo, de hostigar a los vecinos árabes de la calle de abajo –estos últimos han tenido que poner rejas y otras protecciones para evitar que piedras, vómitos y meados lleguen a sus casas y negocios; de hecho, desde los acuerdos de Oslo, que establecieron su división, los comercios de esta ciudad han tenido que estar cerrados durante largas temporadas–. Si la supuesta defensa de la vida de estos colonos pasa por encima del derecho de los palestinos a vivir con libertad –a vivir– es porque, en palabras de Butler, las vidas de los primeros son más dignas de ser lloradas que las de los segundos.

Finalmente, y a pesar del oxímoron, existen, asimismo, injusticias que afectan al sistema judicial de algunos países.
En España, el juez Garzón va a sentarse en el banco de los acusados por haber promovido la persecución de las autoridades que violaron derechos humanos bajo el franquismo. Este tipo de medida de justicia transicional, que según datos del CIS (estudio 2760, elaborado en el 2008) recibiría el apoyo del 48,71% de la población española (un 26,72% la rechazaría; un 9,22% no la rechazaría ni aprobaría; un 14,37% no se pronunciaría al respecto), constituye la base de un delito de prevaricación. Esto dicen aquellos que se vieron amenazados por los posibles juicios y que han estado protegidos hasta la fecha a la sombra de una democracia que nació en una transición pactada, que, ahora más que nunca, demuestra tener importantes lagunas.
La transición no consiguió librarse de los vestigios de una dictadura que no solo generó un número de víctimas que supera las de la dictadura de Pinochet en Chile, sino que permitió que las víctimas del conflicto armado que enfrentó a los españoles entre 1936 y 1939 fueran tratadas con diferencia: en efecto, «la causa general» franquista consideró solo los crímenes de los rojos, mientras que ignoró los crímenes del Ejército nacional y las milicias franquistas.
Volviendo a Butler, si lo justo es que todos seamos igualmente dignos de ser llorados, se deriva que convertir en delito el intento de hacer esto posible es claramente injusto.

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Notas sobre Haití desde República Dominicana

Haití acaba de desaparecer. La imagen del Presidente en la CNN, sucio y sin techo, fue la mayor expresión de la implosión del Estado que jamás veremos. Incluso en sangrientas guerras civiles, la elite gobernante fue siempre capaz de vivir dentro de un cierto nivel de comodidad. Pero no es el caso. Sin el Gobierno, no hay manera de contar el número de muertos, conducir los fondos o coordinar los esfuerzos, enterrar a las víctimas antes de que el problema de salud se haga dantesco o preservar la ley y proteger a las personas del crimen. Aquí, en Santo Domingo, vi los esfuerzos de decenas de organismos internacionales, tratando de transportar a equipos y cargamentos a Haití (que es bastante imposible, debido al colapso en la frontera). Lo que sigue no está claro.

Una vez que el Estado haitiano ha desaparecido (como Somalia hiciera), la lógica del poder dice que alguien más vendrá a sustituir este vacío de poder. En Somalia, los warlords y piratas se hicieron al mando. En Haití hay dos probables contendientes por el poder: Una toma de control parcial por la República Dominicana, respaldada en recursos y coordinada por los organismos internacionales y Estados Unidos, o el control en el medio plazo por bandas locales, algunas vinculadas con el tráfico de drogas. Los dominicanos ven Haití como antigua potencia colonial (Dominicana declaró su independencia de Haití, no en España) y sobre todo, como una amenaza demográfica actual. Hay un fuerte discurso anti haitiano en la mentalidad colectiva, construido por las élites. Los haitianos son pobres y además hablan francés. Un millón vino en las últimas cuatro décadas y viven ahora en la República Dominicana (>10% de la población), y trabajan principalmente en la construcción y otros muy mal pagados puestos de trabajo (es decir, menos de $ 80-90 al mes) que los dominicanos no quieren. El discurso nacionalista- xenófobo de las elites ha llevado a los haitianos aquí a la marginalidad y la exclusión, en una especie de apartheid incipiente de que la crisis va a agudizar. Recientemente, los dominicanos reformaron su constitución para limitar el acceso a la nacionalidad de los haitianos: en el pasado, un bebé nacido en la RD de padres haitianos ilegales sería considerado dominicano (ius soli). Esto ya no es el caso, y lo peor es que es retroactivo, de modo que es fácil encontrar personas con 35 años de edad, familia de cuatro personas y sin relación con Haití, siendo excluidos de la nacionalidad y hallándose ahora apátridas en su propio país.


Vine a República Dominicana con un equipo de politólogos para tratar de comprender mejor la dinámica de la democracia aquí: las deficiencias en la gobernanza, la transparencia y la corrupción, los bajos niveles de rendición de cuentas y la nula capacidad de respuesta a los votantes, y muchos otros temas abstractos (pero importante, no obstante). Después de una primera semana de reuniones con académicos, periodistas, organizaciones de la sociedad civil, políticos, funcionarios gubernamentales y empresarios (fundamentalmente para escucharles), nuestra comprensión del funcionamiento real de la democracia dominicana es un poco más claro... y muy deprimente. Hay un común denominador que todo el mundo parece suscribir, incluso la gente en el gobierno actual: el clientelismo.


El clientelismo es un tema común en casi todas las democracias, y muy significativo en América Latina. En los EE.UU., por ejemplo, el clientelismo tradicionalmente ha surgido en muchos aspectos: en las ear-marking politics del Congreso, o los candidatos que responden a los intereses de sus grandes contribuyentes de campaña, etc. Pero aquí en la República Dominicana el clientelismo es tan fuerte y constante, en parte debido a razones históricas (60 años de la dictadura de Trujillo y la democracia patronista de Balaguer), que cuando un nuevo gobierno asume el poder en la RD, la gente espera que el presidente renueve a la mayoría de los funcionarios y los sustituya por sus propios militantes y votantes (92% del gobierno los empleados son contratados, no funcionarios de carrera, y por lo tanto pueden ser despedidos). Muchos funcionarios solo cobran y no tienen ninguna función real. Igualmente, las políticas sociales no se basan en criterios objetivos de elegibilidad, sino que se dirigen a los grupos que sea necesario cooptar a fin de garantizar su lealtad electoral. Con 500.000 funcionarios del gobierno y 2 millones de personas que reciben esos Bono Escuela, programa Solidaridad y otros malos programas sociales focalizados, el número de personas que dependen directa o indirectamente del gobierno es enorme en un país tan escasamente poblado. En esencia, el país entero es comprado con el fin de obtener el consentimiento y la lealtad electoral.


Alguien decía cínicamente que la democracia y las instituciones en la RD parece ser "good enough", ya que la gente parece apática y desmovilizada, los gobiernos son estables, hay pocas protestas, los sindicatos no juegan ya ningún rol, y la desigualdad y los niveles de pobreza son relativamente bajos, en comparación con muchos países de América Latina. No hay enfrentamiento ideológico, y todo el mundo odia (o desprecia) a los haitianos, que son los más pobres de los pobres. Cuando surgen grandes escándalos de corrupción, nadie paga, incluso si el hombre fue capturado frente a las cámaras en el prime time. La impunidad es la norma, como lo es el silencio. Nadie quiere perder su cuota pequeña propia de los beneficios del gobierno, ya sea un trabajo mal pagado o un programa social (porque nadie lo ve como su derecho individual, sino como un regalo/prebenda que no quieren perder a manos de otro). Los servicios públicos están en un estado lamentable: la gente -aquellos que pueden permitírselo, por supuesto- tiene plantas de electricidad en el hogar debido a los apagones constantes. Lo mismo para el agua. Y las escuelas y los hospitales no se cierran, pero tienen tan mal desempeño, que tal vez mejorasen los indicadores sociales del país si lo hicieran. Las clases medias se mudaron hace tiempo a las escuelas privadas y los seguros de salud, aumentaron las diferencias en oportunidades. Además de ser muy injusto todo ello para las clases trabajadoras, este nivel de "autoproducción" de los servicios básicos es increíblemente caro para la clase media.


A pesar de los clamorosos fallos en las políticas públicas del gobierno y la corrupción generalizada en todas partes, la gente vive en paz, y el sistema reelige una y otra vez el mismo poder establecido. La mayor parte de la explicación para esta aparente paz social tiene que ver con:



a) La emigración. Fue masiva desde la década de 1950 y, en su mayoría, fueron a Nueva York y recientemente España. La emigración que actúa como una válvula de escape masivo (opción "salida ").


b) La enorme cantidad de las remesas que los emigrados envían a casa, en una especie de seguridad social, además de las prestaciones de desempleo que vienen del extranjero (25% de las familias dominicanas tienen un miembro en el extranjero), y


c) El conservadurismo de la sociedad dominicana.El conservadurismo de valores aparece en todas las encuestas internacionales que incluyen a Republica Dominicana. Por poner un ejemplo, están a punto de promulgar una nueva Constitución, que prohíbe cualquier caso de aborto, incluso después de una violación o si realmente pone en peligro las perspectivas de vida de la madre. Se dice en Santo Domingo que el Cardenal es la autoridad más poderosa en la sombra. Y de hecho, la Iglesia juega un papel muy activo en la política, tanto, que políticos de todos los partidos le rinden pleitesía.


En este contexto, la destrucción de Haití y su Gobierno va a poner mucha presión en la República Dominicana y sus servicios sociales. El final de Haití como país acaba de acelerar un seísmo dramático en la isla, y por supuesto para Dominicana. Con la inevitable emigración de cientos de miles de haitianos a través de la porosa frontera, el sistema de la República Dominicana va a ser subsumido por un discurso todavía más duro (casi fascista) contra los haitianos, excepto si las Naciones Unidas y los EE.UU. son capaces de restablecer una especie de gobierno de Haití partir de cero. La elite establecida tratara de perpetuarse en el poder y fortalecer la reelección de Leonel “debido a las circunstancias excepcionales” y la “amenaza” haitiana. Por lo pronto, vamos a ver pronto a millares de haitianos desesperados confinados en una especie de campamentos administrados por organismos internacionales en las áreas de RD cercanas a la frontera.


Pero esto es solo el principio.


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Varios académicos han retomado estos últimos días el viejo debate sobre la relevancia social del trabajo de los científicos (en particular, de los científicos sociales, valga la redundancia). Stephen Walt, por ejemplo, escribe en un artículo en Foreign Policy a favor de una ciencia social más "policy oriented". Algo muy parecido a lo defendido por Craig Calhoun, del Social Science Research Council y profesor de la New York University, en este texto. Calhoun se refiere sin embargo a lo que él llama public relevance o public knowledge (para evitar el término "policy-making", y su distinción de lo que es el conocimiento académico "puro"). El texto de Calhoun, del que os copio un párrafo aquí abajo, es bastante interesante. Si bien no comulgo totalmente con las ideas del autor, me parece que argumenta bien su posición, y que nos deja algunos elementos claves para la reflexión.

Social scientists engaging public questions need to offer truth. If scholarly knowledge has no authority, if it doesn’t provide good reasons to believe that some courses of action are better than others, or riskier, or less reliable, then it doesn’t have a distinctive value. But the authority of scholarly knowledge isn’t and can’t be perfect. Science is, after all, in large part a process of learning from errors, not just a process of accumulating truths. And especially in social science, truths are often highly contextual and conditional, predictions of what is more or less likely under certain circumstances, not statements of absolute and unvarying causal relationships. Social scientists bring real knowledge, but inevitably incomplete knowledge. The truths of social science are, moreover, graspable in different ways. They have to be communicated and this always means rendering them in ways that foreground certain aspects more than others, that illuminate some dimensions and leave others in the shadows. Knowledge is part of culture, not easily and fully abstractable from the rest of culture. But it is partly through the effort to communicate knowledge to non-specialists that researchers (like teachers) see new implications of what they know, new dimensions to issues they thought they understood fully, and sometimes limits to their own grasp of what they thought were established truths.


Francamente, yo todavía no he conocido a ningún científico/a social que ignore la realidad o esfera pública, o que se niegue a hablar con "practicioners", y a escucharlos. Más bien lo contrario. Así que, en cierto modo, no veo donde está el problema. En otras palabras, me cuesta poner cara a los "like-minded scholars" concentrados en pequeñas cuestiones a los que se refiere Walt -pero quizás es que viven escondidos en sus cuevas, resolviendo "problem sets" y/o haciendo experimentos.

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Nuevas Colaboraciones

Para los catalanolectores de La Moqueta, hoy empiezo mis colaboraciones con el diario electrónico del Vallès Oriental (mi comarca) AraVallès. Si os interesa, podeís leer mis escritos desde aquí.

(El título de esta semana está equivocado, por cierto, debería ser "Les coses que importem i les que deixem a la duana")

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Distribución de la Renta en España

Utilizando datos de la Agencia Tributaria (Memoria 2007) obtenemos este bonito gráfico donde se desvelan características interesante sobre nuestro país:

  • La mayoría de la población gana menos que la renta media nacional (lo que es estadísticamente lógico)
  • El ingreso medio mensual bruto (columna de la derecha) está por debajo de los €1.900, y de hecho, el "pico" máximo se sitúa en torno a los €1.000.
  • Existe un segundo pico anómalo, entorno a los €3.000/mes, que es lo que ganan altos cargos, directivos y profesionales de ocupaciones bien remuneradas.
  • Entre los más afluentes, existen picos menores a los €5.000, €9.000 y €20.000 de ingreso mensual, no necesariamente derivado de rentas del trabajo, por supuesto. Pero en cualquier caso, es interesante que la forma de la distribución no es suave, sino que contiene diversos picos, indicando que el mercado señala "umbrales" o escalones salariales más o menos claros.

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El Pan y el Circo de Felipe Calderón

El sábado 10 de octubre seis mil agentes federales tomaron las instalaciones de Luz y Fuerza del Centro (LyFC) en el Distrito Federal, Puebla, Hidalgo y Morelos, en la República de México. Con esta acción y el correspondiente decreto emitido por el presidente de este país, Felipe Calderón, se liquidaba la empresa que abastece de energía eléctrica al centro del país, dejando en la calle a 41 mil empleados activos y 25 mil jubilados.

El argumento de Calderón para decretar el cierre de LyFC es que la empresa es incosteable, y que tiene un déficit de más de 3.700 millones de dólares. Se culpa de su ineficiencia los “ominosos sueldos de los empleados”. Pero veamos con detalle: el sueldo más bajo en la compañía de Luz y Fuerza del Centro es de aproximadamente 600 dólares y el más elevado es de 1.200 dólares, más prestaciones. Los medios de comunicación lanzan ataques contra el Sindicato Mexicano de Electricistas “acusándolos” de que el contrato colectivo de trabajo les otorga prestaciones excesivas, como descuentos en las tarifas eléctricas o reembolsos en los gastos por comidas fuera de su centro laboral. Ante el embate contra la empresa, y azuzada por los medios de comunicación, una parte la opinión pública mexicana se desvive con hurras hacia la medida tomada por Calderón, bajo el argumento de que estos trabajadores electricistas no son tan pobres como deberían, y tienen privilegios y lujos que no merecen. En otras palabras, el delito de estos trabajadores es que no se están muriendo de hambre, como es el deber histórico de la clase obrera.

La liquidación de LyFC no sólo conlleva la inminencia de la privatización de la industria eléctrica, sino que agrega una nueva cifra a la tasa de desempleo que ya de por sí en el sexenio de Calderón ha crecido en un 79%. Pero los electricistas no son el único blanco de los despidos masivos perpetrados por el gobierno mexicano. Hace no más de un mes el mismo secretario de Hacienda anunció 10 mil nuevos despidos por la desaparición de tres secretarías de estado (la de Turismo, de la Reforma Agraria y de la Función Pública). En tiempos de crisis global, en que las economías con mayores proporciones de empleo público son las que parecen estar resistiendo mejor a la debacle, este tipo de medidas apuntan a consecuencias negativas no sólo para los trabajadores de la industria eléctrica, sino también para el resto del pueblo mexicano.

En otro ámbito, las cifras en México no son menos alarmantes: cinco mil seiscientos “ejecutados” en lo que va del año. En diez meses se ha superado el número total de asesinatos atribuibles al narcotráfico ocurridos durante la administración del anterior presidente, Vicente Fox. Esto es así a pesar de que el Estado ha desplegado su fuerza en las calles llevando a una militarización del país, que supone a los contribuyentes un boquete financiero de más del doble de los recursos destinados a LyFC. En lo que va de año, a la Guerra contra el Narco se le han destinado aproximadamente 8 mil millones de dólares. La ausencia de datos detallados sobre las víctimas y los verdugos de esta violencia no nos permite realizar una evaluación adecuada de la política en cuestión. Si los números no engañan, parece que si hay una empresa que urge liquidar, por ineficiente y costosa, es la llamada Guerra contra el Narco.

A pesar de la crítica situación económica, laboral y de seguridad que se vive en México, el índice de popularidad de Calderón en el pasado agosto era de 62.4%, nivel al que se ha mantenido desde enero de 2007, a excepción quizás de la escalada de marzo de este año, donde a raíz del pánico infundido por la epidemia de gripe porcina subió hasta 68%. Si estas estadísticas son confiables, lo que reflejan es la efectividad del control social ejercido mediante la manipulación de los medios de comunicación, el uso de la fuerza y las medidas sorpresivas como el golpe al sindicalismo independiente y el pánico epidemiológico. Además, fuera de México, Calderón goza de cierta buena reputación. Al igual que sucede con el presidente colombiano Álvaro Uribe, son prácticamente inexistentes los artículos críticos con este político en la prensa española. Por ejemplo, el decreto de cierre de LyFC fue aplaudido en los medios, donde se presentó como una medida reparadora ante el supuesto mal servicio que prestaban los trabajadores de LyFC, así como una medida anticorrupción clave. Como apuntaba Vicenç Navarro en su artículo “La doble moral de los medios” (Dominio Público, 16 Julio 2009), la ausencia de voces críticas contra Calderón entra en grave contraste con los artículos críticos con el presidente Venezolano Hugo Chávez, entre otros, y –simpatías por estos presidentes al margen- llevan a cuestionar la pluralidad ideológica de los medios de comunicación españoles.
Por lo general, ante todo esto lo más preocupante es que Calderón se confirma como un caso más de presidente democrático que –a pesar de llegar ‘confusamente’ al poder- consigue ganar y mantener la popularidad social a partir de medidas con claros tintes antidemocráticos. Otro presidente que, ante la amenaza de la ‘delincuencia’, el ‘narco’ (o de una ‘guerrilla’) actúa de forma que los límites del presidencialismo democrático y el caudillismo se hacen peligrosamente borrosos. Otro presidente ante el que, sin embargo, se rinde la opinión pública doméstica e internacional por sus formas y logros, y ante el que las voces críticas quedan ahogadas a base de golpes de pluma y de porra.

Violeta Vázquez-Rojas y Laia Balcells

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De Vuelta

Queridos lectores de La Moqueta,

Estamos, por fin de vuelta. Durante los últimos cinco meses La Moqueta ha estado en parálisi prácticamente total. Nuestros trabajos respectivos han sido la razón principal de esta ausencia: Alex ha estado muy ocupado en el Banco Mundial. Lluís ha estado acabando su tesis doctoral, que ya ha depositado y pronto defenderá en Oxford. Yo he estado encerrada escribiendo la tesis, que deposité a principios de este mes en la Graduate School de Yale.

Estamos bien, felices aunque cansados. Y con muchas ganas de retomar el proyecto de La Moqueta. Para empezar de nuevo, posteo un artículo que escribí hace unos días con la amiga y compañera lingüista (doctoranda en NYU), Violeta Vázquez-Rojas, a la luz de los acontecimientos que tuvieron lugar en México la noche en que este país se clasificaba para el mundial de fútbol -y que, como es obvio, poco tienen que ver con el fútbol.

Deseamos poder recuperar el ritmo que antaño tuvo La Moqueta, y la calidad -tanto de los artículos posteados como de sus lectores.

Un abrazo enorme y gracias por la paciencia!

Lluís, Alejandro y Laia

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GA Cohen, filósofo marxista con rigor analítico

Por fin El País publica un artículo sobre la muerte del filósofo político Jerry Cohen (Oxford). A estas alturas ya pensábamos que dejarían pasar alegremente la noticia como han hecho otros periódicos (excepto El Mundo) Nos alegra especialmente que sea Jahel Queralt la responsable de escribir el obituario; ella conocía muy bien a Cohen tan intelectual como personalmente.

por Jahel Queralt Lange

El filósofo GA (Jerry) Cohen falleció el 5 de agosto en Oxford (Reino Unido), a los 68 años. Le gustaba decir que, aunque el hecho de haber sido educado para creer algo no es razón para creerlo, no podemos ignorar que el accidente del nacimiento explica, en buena parte, lo que uno profesa.

Qué suerte tuvo el marxismo de que Gerald Allan (GA) naciera, el 14 de abril de 1941, en Montreal, en un hogar judío militante del Partido Comunista de Canadá. Durante su juventud, mientras estudiaba filosofía en la Universidad de McGill, se afilió a varias organizaciones comunistas, pero las pugnas internas, la invasión por la URSS de Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), y sus viajes personales a la Europa del Este en los años sesenta acabaron con su pro sovietismo.

No obstante, no tuvo un desencanto a la Glucksman, sino que siguió creyendo que los valores socialistas, la igualdad y la comunidad, merecían lealtad. A pensar mejor esos ideales dedicó toda su vida. En 1961 se fue a Oxford a estudiar con Isaiah Berlin y, tras un período de 20 años como profesor de filosofía en el University College de Londres, volvió en 1985 para ocupar la posición de Chichele Professor en el All Souls College de Oxford, hasta que se retiró en la primavera de 2008.

Dos fases en su carrera

Su carrera se divide claramente en dos fases. La primera estuvo dominada por su interés en la filosofía de la historia de Marx y culminó con la publicación de La teoría de la historia de Karl Marx: una defensa, en 1978. La defensa en cuestión no consistía en probar que el materialismo marxista es veraz, sino que puede ser reconstruido prescindiendo del holismo metodológico y la dialéctica que los más apegados al Manifiesto Comunista habían entronizado como elementos esenciales del marxismo. Cohen pasó a Marx por el tamiz de la filosofía de la ciencia y la teoría social, y el resultado fue que la lucha de clases no era el motor de la historia sino que, si acaso, lo eran las fuerzas productivas.

En un contexto dominado por la interpretación de Althusser de las ideas marxistas, la lectura de Cohen fue casi considerada una herejía positivista de no haber sido por el respaldo que tuvieron sus ideas en una comunidad anglosajona poco dada al oscurantismo. Junto con otros académicos como John Elster, Adam Przewosrki o Philippe van Parijs, formó el "marxismo analítico" y, en los ochenta, se dedicaron a destilar las ideas de Marx de cuestiones ideológicas. Se hacían llamar El Grupo de Septiembre.

Desde los noventa, abandonó la exégesis marxiana. La revolución que nos tenía que conducir a una sociedad igualitaria no llegaba. Se dio cuenta de que la igualdad y la comunidad no definen un estado de cosas inevitable, sino que son valores que hay que apoyar con buenas razones y articular con principios. Mientras Margaret Tatcher hacía lo posible para enterrar el socialismo, él lo defendió desde su cátedra sin caer en una socialdemocracia descafeinada.

Algunos dirán que el lugar para cambiar las cosas no es el púlpito, sino la calle. Pero Cohen pensaba que lo mejor que puede hacer un intelectual es hacer pensar al resto. No es falta de compromiso, sino modestia. Las obras de esta segunda etapa han contribuido enormemente al debate sobre la justicia con distintos argumentos, dirigidos a mostrar que podemos vivir en una sociedad más igualitaria, porque, como él decía, no hace falta ser capitalista para ir en contra del socialismo, basta con pensar que el socialismo no es posible.

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Sobre la tortura

The Economist publica esta semana un interesante artículo sobre tortura y opinión pública. Los datos comparados ponen a España en la mejor posición en lo que refiere a condena de la tortura. Junto con Francia y Gran Bretaña, algo más de un 80% de la población prohibiría toda forma de tortura; unos cinco puntos por debajo de estos dos países, poco más del 10% aceptaría algun tipo de tortura.

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Una cucharadita más, por favor...

Si alguien se preguntaba por qué la gente está más esbelta en España que en EEUU, aquí tiene los datos crudos de una curiosa correlación. La dejamos a vuestra interpretación...

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Hoy, en su entrega semanal en el diario Público, el catedrático de ciencia política de la UPF, Vicenç Navarro, nos ofrece una reflexión sobre la pluralidad de los medios de comunicación que está en la línea de los debates que en ocasiones tenemos en la Moqueta. El artículo empieza así:
Uno de los mayores problemas que tiene la democracia española es la muy limitada diversidad ideológica que existe en los medios de información de mayor tiraje del país. Y ello es fácil de demostrar. (lean más...)
Y para demostrarlo, el profesor Navarro acude al atajo de la evidencia anecdótica que es compatible con su argumento. El artículo supera, por supuesto, los estándares periodísticos, pero obtiene una calificación más bien pobre si lo analizamos desde los estándares científicos y desde la evidencia empírica que hasta hoy tenemos sobre las características del sistema mediático español en comparación con los de otros países.

Así, ¿realmente no existe pluralismo en España tal y como asegura el Profesor Navarro? Por un lado si seguimos la tesis de Hallin y Manchini (en su libro Comparing Media Systems –considerado manual de cabecera del tema), en los sistemas mediáticos mediterráneos, en el que se incluye España, los medios de comunicación están íntimamente implicados en los conflictos políticos y suelen tener una vocación de editorialización de los acontecimientos políticos. Citando a estos expertos en la materia: “cuando se trata de cuestiones contenciosas , es frecuente ver diferencias políticas muy marcadas en los medios de comunicación españoles, manifestadas en titulares contenciosos, en la selección y énfasis tanto respecto a los artículos como a las imágenes, y en una agria polémica en los editoriales” (pg.98)

No hace mucho ponía un ejemplo especialmente grotesco sobre esta cuestión en una clase que hice en el curso de verano de Teruel. El 13 de febrero del 2007, los dos principales medios de comunicación de nuestro país confundían a la audiencia con dos titulares opuestos sobre un mismo hecho:



De un hecho teóricamente poco editorializable (un informe de los peritos del 11M) cada medio interpreto “ideológicamente” su contenido para que fuera consistente con su línea editorial. En esta cuestión era quizás El Mundo el medio con mayor vocación editorializadora. En efecto, al periódico le interesaba que en los focos de las explosiones hubiera otros componentes ajenos al Goma 2 para insinuar (que para ciertos entornos mediáticos es sinónimo de de demostrar) la vinculación de ETA en la trama.

Pero para evitar que se me acuse también de estar aportando evidencia anecdótica, a continuación vuelvo de nuevo recurrir a los trabajos de los expertos. El profesor de opinión pública de la Universidad Complutense de Madrid, Antón Castromil, realizaba un estudio muy interesante sobre las tendencias partidistas de los periódicos españoles durante la pasada campaña electoral. En su estudio recogió una muestra de 2000 artículos de los diferentes periódicos y los clasificó según su tendencia ideológica. Los resultados son los siguientes:

Gráfico: tono de los artículos de los principales periódicos en la campaña electoral del 2008 (Castromil, 2008)



Tono del artículo: (PP=artículos favorables al PP o desfavorables al PSOE // PSOE=artículos favorables al PSOE o desfavorables al PP )

Los datos muestran que aunque un gran volumen de información se presenta como neutral, si existen sesgos ideológicos claros en los medios españoles muy coherentes con lo que nos dice el sentido común. Otra evidencia cuantitativa de la politización de los medios os la ofrecí hace unas semanas (mirad dos anotaciones más abajo o pinchad aquí). Ahí demostraba que el consumo de prensa escrita estaba claramente influido por la ideología del lector y que en los últimos años la polarización ideológica ha tendido a aumentar.

En parte Vicenç Navarro tiene razón; en ocasiones es enojante observar como, en ciertos temas , existe un pensamiento único instaurado tanto en los medios de comunicación como en la clase política de nuestro país. El rechazo a Hugo Chavez es quizás el mejor ejemplo de ello (de ahí la valía del artículo de Vicenç) Pero eso no debería impedirnos ver que el grado de politización de los medios escritos en nuestro país son mayores que en otras democracias de nuestro entorno.

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10 lessons on Empire

Stephen Walt publica en Foreign Policy un maravilloso resumen del libro de Piers Brenon The decline and fall of the British Empire, del que extrae 10 lecciones para el supuesto imperio que son los USA. Muy recomendable.

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Thatcherismo a la Sueca, por Victor Lapuente

Víctor Lapuente, un compañero nuestro y lector de La Moqueta, hace una contribución interesante hoy en El País. Parte de lo que escribe en el artículo fue discutido hace tiempo en un post moquetil, lo cual nos enorgullece mucho.

Sobre si el tatcherismo a la sueca es una buena idea algunas tenemos discrepancias, como ya apunté en aquella discusión, para mi el tatcherismo a la sueca tiene poco de tatcherismo, que su "exportación" va a ser más que complicada porqué las condiciones inciales no van a ser las mismas en lugares fuera de la escandinavia socialdemócrata. Y deberiamos ser escépticos, como mínimo, sobre sus posibilidades de éxito.

En todo caso, felicidades Víctor, y que sigamos discutiendo y escribiendo mucho.

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